“Unos cuantos hombres, movidos por codicias económicas, por soberbias personales, por envidias más o menos privadas, van ejecutando deliberadamente esta faena de despedazamiento nacional, que sin ellos y su caprichosa labor no existiría.”
Fragmento de “La España Invertebrada” de José Ortega y Gasset.
Parece que el año 2009 se nos presenta a los Mexicanos como uno de los más difíciles de nuestra historia reciente. Tal vez el año más atribulado aún presente en nuestra memoria fue 1994: el surgimiento del EZLN, los asesinatos de Ruiz Massieu, el Cardenal Posadas y Luis Donaldo Colosio; el inicio de una crisis financiera internacional originada en México y el principio del fin de la era del PRI. En 1993, todavía nos creíamos el “milagro mexicano”, pero 1994 se encargó de ponernos en nuestro lugar, y aquí llevamos ya quince años sin mejora visible y en medio de una crisis sin precedentes.
Un dicho oriental dice que crisis representa riesgo u oportunidad. Sin duda alguna ese dicho fue creado para ser aplicado en Asia donde hay una mística, una formación holística que permite a la gente enfrentar las crisis de una manera diferente a como lo hacemos nosotros. En mi opinión este cliché sobreexplotado por las firmas de consultoría empresarial, resulta inaplicable para México simple y sencillamente porque cuando se nos ha presentado una crisis casi siempre hemos optado por el riesgo y no por la oportunidad.
Para definir “crisis” con un enfoque más pragmático, yo me inclino por la explicación de Thomas Schelling quien dice que la esencia de una crisis radica en que es impredecible y quienes participan en ella no tienen el control sobre los eventos que se están desencadenando. Las personas que están a cargo de gestionarlas toman decisiones que disminuyen o aumentan las posibilidades de controlarlas, pero todas las acciones se desarrollan en un entorno de riesgo e incertidumbre. Ahí está parado México en este momento.
Como estamos inmersos en la crisis, no nos hemos percatado de su gravedad. Crisis sanitaria, caída del turismo, caída del consumo, caída de la inversión, caída de las exportaciones de manufacturas, caída de ventas, precio y reservas de petróleo, caída en el envío de remesas de Estados Unidos, aumento del desempleo, aumento de inseguridad, aumento de precios, y lamentablemente en las últimas semanas, actitudes de xenofobia hacia los Mexicanos en el exterior. Tenemos enfrente de nosotros uno de los mayores retos en nuestra historia moderna.
Esta “mega crisis” está esperando ser resuelta y no hay quien le entre. Como hemos visto en los últimos años, los temas más importantes y urgentes en la agenda nacional son pospuestos una y otra vez porque “no hay consensos”, porque “no están dadas las condiciones”, y a las reformas mochas les llamamos “la mejor reforma posible en este momento”. Ahora mismo hay que agregar una nueva variable, la temporada electoral y en fin, como dijo Genaro Borrego en alguna ocasión “nuestra arquitectura política nos condena a la parálisis”.
Y aunque hay antídoto para esa parálisis, no podemos acceder a él, porque está guardado en una bóveda con tres candados –sí, como la Puerta Negra- y esos candados son los tres grandes partidos políticos de México. No pongo en la mesa ninguna novedad con estas líneas. En México desde la segunda mitad del Gobierno de Ernesto Zedillo, el país es de los partidos políticos. Punto.
Los legisladores han estado aprobando o rechazando las reformas que convienen a sus partidos, no las que necesita el país. He hablado con senadores, diputados locales y federales, con secretarios de estado y recientemente con algunos candidatos a puestos de elección popular y aunque en corto todos están conscientes de la urgencia de hacer reformas y dar agilidad a los cambios que requerimos, en México los grandes proyectos de reforma los cocina el Poder Legislativo y ellos votan en bloque y alianzas, ignorando las necesidades específicas de cada distrito o estado, según sea el caso.
Los legisladores rinden cuentas a su partido, no a los ciudadanos. ¿Haz recibido alguna vez un informe de las actividades, iniciativas y desempeño tu diputado local o federal? Lo dudo. Todas las personas que trabajamos reportamos sobre nuestros logros y metas a alguien. Incluso quienes trabajan por su cuenta, entregan un producto o servicio a alguien que les ha contratado y de su desempeño dependen nuevos trabajos o ventas. En México el trabajo legislativo se ha consolidado como el único grupo laboral que gana más de ciento cincuenta mil pesos al mes más prestaciones y que no rinde cuentas a nadie, más que a sus patrones, los partidos.
Este hartazgo sobre los modos de “trabajar” de nuestros legisladores y algunos funcionarios ha intensificado el debate sobre el voto nulo y resulta interesante ver los argumentos de las partes.
Lo agraviados -los partidos- dicen que es un atentado a la democracia, que quienes lo promueven están debilitando el sistema que con tanto esfuerzo –y dinero- logramos construir los Mexicanos en una lucha que tomó décadas. Para combatirlo se han unido en una cruzada contra este movimiento mostrando una cohesión que sólo se ve cuando van a otorgarse a sí mismos prerrogativas y privilegios a manera de prebendas.
El árbitro –el IFE- dice que no puede apoyar un movimiento que invite a la gente a votar en blanco o nulo. Su mandato constitucional no le permite promover esta causa. Creo en lo personal que el IFE ha mostrado torpeza en el manejo del asunto.
Los que lo analizan, apoyan o rechazan entre medios, intelectuales, académicos y líderes de opinión están divididos. Aunque he leído artículos de personas de inteligencia indiscutible, estructurados y con una lógica muy clara sobre por qué no debemos anular nuestro voto, no he encontrado ninguno que resuelva una hipotética situación que a continuación plantearé:
Este 5 de julio me presento en mi casilla a votar y veo que mis opciones para diputado federal son:
· Fidel Castro
· Evo Morales
· Hugo Chávez
· Carlos Salinas
· Daniel Ortega
¿De qué manera no escoger a ninguno de ellos atenta contra la democracia? Al ver esta boleta decidí que ninguno me gusta y lo manifesté tachándolos a todos.
Hay intelectuales, políticos y escritores de renombre que dicen que es una idiotez ir a votar nulo. Como pagar para ir al cine y taparte los ojos en la función. ¿Por qué me convierto en un idiota por no gustarme ninguna de las opciones de arriba? No me gusta el azul, el amarillo, el rojo ni el verde, me gusta el púrpura y no viene en la boleta. Curiosamente en mi querido León, el PAN por primera vez en seis años tiene un buen candidato para la alcaldía. El asunto es que el PAN “PAN”, el que gobierna, no lo postuló. Él buscó y ganó la candidatura. Las divisiones dentro de los tres grandes partidos nos dan como resultado dos Panes, tres o cuatro Pris e incontables Perredes, pero ése será tema de otro escrito.
Al final -estoy de acuerdo- el voto nulo favorecerá a los partidos, pues en México no se requiere un porcentaje mínimo del padrón para acceder a un puesto de elección popular. Aquí hay voto directo y universal y el que sume más –aunque sean pocos- gana. Hay un segmento en el electorado llamado “voto duro” que aunque su partido postule a Bin Laden, ese grupo votará por él sin dudarlo y eso les bastará para consolidar sus posiciones.
La respuesta a quienes con peras y manzanas nos explican por qué es un absurdo el voto nulo y por qué los partidos saldrán victoriosos como resultado de este movimiento es la siguiente: el problema aquí no es de aritmética, al menos yo entiendo de sumas y restas y sé que los partidos seguirán reinando en México durante los siguientes años. Aquí lo que digan Roy Campos y De las Heras no importa. Esto es un gesto. Es como darle una moneda a un anciano en la calle que no lo sacará de la pobreza en la que vive, pero que por lo menos le resolverá la comida del día y le dará ánimo y fuerza para seguir consiguiendo sustento. Es pequeño, si, insignificante, no. El problema de como se ha manejado el movimiento del voto blanco o nulo es que carece de propuesta. Ahora mismo es sólo un grito de enojo, pero hay que estructurarlo con propuestas para llegar a un fin.
Por ahora basta decir que para quienes la apoyamos, esta causa nace como la de Hidalgo, Juárez, Madero, Gómez Morín y otros que decidieron levantarse en contra del status quo. Todos ellos fueron considerados en su época como soñadores, idiotas, y rebeldes. El tiempo les dio la razón.
Para finalizar, debemos recordar que los cambios en México tardan. Nos tomó casi 300 años lograr nuestra independencia, medio siglo y la pérdida de medio país el definirnos como nación, luego más cambios duros, una dictadura de 30 años, una guerra civil y luego otra dictadura de 70 años. Ahora ha comenzado otra etapa de oligarquía, nada más que esta vez de partidos y grupos de poder económico. Si la historia no nos falla, en algún punto -10, 20, ó 40 años- consolidaremos una verdadera democracia, en la que cualquier ciudadano pueda postularse a un puesto de elección y no tengamos que compartir la ideología de uno de mis cinco hipotéticos candidatos. Si se cambió la Constitución para que Fox pudiera ser presidente, ¿por qué no cambiarla para darle verdadero poder a los ciudadanos y no a los partidos y a sus cúpulas? Debemos buscar incentivos para que los diputados y senadores trabajen para nosotros y no para sus “patrones”. La reelección legislativa podría ser el inicio del debate. La pelota está del lado de los legisladores y partidos políticos y la negociación se ve complicada: ¿Quién quiere que le bajen el sueldo, que le quiten privilegios y que le resten poder? Definitivamente ellos no.
Roberto Pesquera Vargas
Contador Público, ITESM Campus León.
Maestro en Economía, Universidad Autónoma de Madrid.
Candidato a Maestro (2010) en Administración Pública, Columbia University.